Imaginar

Restaurante Baobab - Menú agosto 2019

No puedo imaginar un verano sin tomates, sin recordar los planteros acompañados por sus tutores, verlos crecer hasta que aparece la primera flor amarilla, hermafrodita de donde saldrá el fruto.

Lo que más me gusta es el olor que me deja en las manos cuando los manipulo, o el que se queda en el ambiente cuando los riego, el aroma de la sustancia de color verde que segrega a través de sus pequeñas glándulas se esparce en las horas más tempranas del día o en los atardeceres.

Cuando se sienten preparados, se asoman chiquititos, muy duros, con un verde algo blanquinoso, que cada vez toma más intensidad, hasta que comienza a dejarse entrever la mayoría de las veces, el primer matiz anaranjado que madura en rojo.

Cambian de color tan rápido y juegan con la paleta de los verdes, morados, rojos, rosados, amarillos y hasta alguno negro, y si hay negro también lo hay blanco como el Great White.

El grosor de su piel depende de la clase de tomate, fina como la del Carbón, gruesa como los Roma, también sus formas varían, alargados como los de Pera, redondos como el Bella Rosa, chatos como el Muchamel, asurcados como el Delisa.

Nunca imagine que cada día me seduciría más mi querido huerto, y mis adoradas matas de tomate, parece que vaya a ser más lento su crecimiento, pero siempre trae sorpresas, es una vida corta, acelerada pero atempada, entregada y al final muy sabrosa.

Y qué decir de sus posibilidades a la hora de saborearlo, mi favorita es comerlo crudo, recién cogido de la mata, pero se transforma en mermeladas, en conserva, seco, en aceite. Un básico en nuestras cocinas, que nunca te decepciona.

Buen provecho.

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