El instinto de succión

El instinto de succión

Nacemos con el instinto de alimentarnos. No es necesario que nadie nos enseñe.

De hecho, sabemos cómo hacerlo ya desde antes de nacer. Alrededor de la semana 16, con 4 meses dentro del vientre materno, adquirimos el reflejo de deglución. Tragamos, vaya. Y poco después, hacia la semana 32, desarrollamos la capacidad de succionar. Al ver la luz, lo primero que buscamos es el pecho de nuestra madre. Todos los estudios científicos determinan así que con esa combinación de reflejos, el de deglución y el de succión, los seres humanos nacemos programados para la subsistencia.

Otra cosa es que lo hagamos por hambre.

Porque, en realidad, no lo hacemos por eso. Durante las tres primeras semanas de vida, lo que despierta nuestro instinto de succión no es nuestro estómago pegando gritos. Son los estímulos sensoriales del ambiente. Los mamíferos nos guiamos hasta el pezón de donde mamamos por el olfato, el tacto y el gusto. Reconocemos el olor de donde venimos. Y lo buscamos. Reconocemos su sabor. Y eso sacia nuestras necesidades, que van mucho más allá del hambre. Y esa acción, la de mamar, la de succionar para sacar leche, significa mucho más que el hecho de comer. Nos alimenta de placer, nos alimenta de seguridad, nos alimenta de protección, nos alimenta de afecto, nos sacia de vida. No sólo satisface una necesidad de nutrición para sobrevivir. Nos llena el estómago e impregna nuestro cuerpo entero de amor.

Qué pasa cuando llevamos medio año en el mundo. Pues que empezamos a ser conscientes de que nos dan de comer.

El instinto de succión deja de ser un reflejo involuntario. Y también empezamos a descubrir otras fuentes de alimentación. ¿Quiere decir eso que dejamos de tener el reflejo de succión? En Baobab aseguramos que no. No lo hacemos a través de estudios científicos teóricos. Más bien a través del conocimiento empírico que nos dan miles de días de experiencia dando de comer a seres humanos que, supuestamente, han dejado atrás los reflejos básicos de las primeras semanas de vida.

El concepto “reflejo” se define como la respuesta inmediata, independiente de la voluntad, provocada por un estímulo adecuado, pudiendo ser o no consciente.

Si durante los primeros días de nuestra vida el camino hacia la comida, el despertar del acto reflejo de la succión, va guiado por los sentidos, por qué no va a ser igual después? ¿Acaso no cerramos los ojos cuando entramos en una cocina y suspiramos por ese aroma que nos llega de las cazuelas? ¿No empieza nuestra boca a segregar saliva cuando vemos en la mesa de al lado un plato de risoto al gorgonzola con salvia, calabaza asada y crumble de almendras? ¿No nos relamemos ya cuando leemos en la carta “espagueti al curry verde de coco y espinacas con cilantro y limón”?

No necesitamos estar hambrientos para apresurarnos a coger la cucharilla e hincarle el diente a un bizcocho de cerveza negra y regaliz con membrillo asado a baja temperatura que nos plantan delante adornado con espuma de kéfir y cardamomo. No se trata de instinto de supervivencia, no se trata de necesidad de alimentarnos para sobrevivir. Se trata de dejarnos llevar por los sentidos, por esos mismos estímulos que nos empujan en nuestros primeros instantes en el mundo a buscar el pecho que nos llena de alimento, pero también de afecto, de protección, de sensaciones placenteras.

Nos llena de vida, nos alimenta enteros.

La experiencia de 4.356 días dando de comer a 718.540 seres humanos es un buen estudio de campo. Y podemos afirmar que sí, que el reflejo de succión se mantiene intacto a lo largo de los años. La cuestión es encontrar los estímulos que lo provoquen. Esos aromas, esos sabores que lleven a cerrar los ojos, a suspirar, a abrir ligeramente la boca y a succionar saboreando.

Está claro. El instinto de succión no puede ser otra cosa que chuparse los dedos.

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