Que suene la música. Que el ritmo no pare. One, two. One, two, tres, ¡cuatro!

Carta de invierno 2020 Baobab Música

¿Cómo empieza tu canción, Baobab?

¿Suena o resuena?

Bum-bum. Bum-bum. Lates. La batería marca el compás. Y chasqueo los dedos porque tu ritmo me empuja.

Dub-dub. Dub-dub. El bajo marca el tempo. Y muevo mi cuerpo porque me bailas.

Tu son me hace vibrar. Tu canción me lleva, me conmueve, me invita, me sacude el corazón y me saca a la pista de baile. Suave y lentamente.

¿Es la de siempre? ¿O ha empezado de nuevo? ¿Es el disco, que está rayado? ¿O es el invierno que me adentra en una nueva estrofa de esa canción que nunca acaba y siempre empieza? ¿Es la música la que cambia? ¿o soy yo, que la escucho de otra manera?

El frío me congela. Aunque sólo la superficie. Como un lago que se mantiene líquido bajo la capa de hielo.

Yo continúo tarareando. Lento y grave. Casi en silencio, la música me acuna. Como las semillas acurrucadas debajo de hojas secas, espero paciente. Como todo lo que promete crecer, aguardo el momento. Como la orquesta que entra en el adaggio o la solista de contrabajo, protagonizo el reposo.

El ritmo no para.

Aunque es más lento.

La música suena. Nunca deja de sonar. Siempre late en nosotros. Un invierno tras otro. Primavera tras primavera. Verano a verano, llegan los otoños. Y pasan de nuevo. Como las hojas bailando al piano.

Las espinacas salen a escena. Y el brócoli se acerca al micro.

Suave como el terciopelo, la música nos acaricia. No siempre nos hace saltar o gritar. Como una crema de calabaza humeante, la canción pasa por momentos casi tristes, como el blues. Nos mece y nos recoge. El frío nos obliga a abrigarnos en medio de la nieve preciosa que consigue detener la actividad frenética. Nos protege y nos pide reposar. Como los árboles acumulando energía para florecer. Como los tubérculos creciendo invisibles. Casi en silencio.

¿Es el mismo blues que el pasado invierno?

Me suena diferente. En primavera aparecieron notas nuevas y en verano, añadimos tonos distintos. Este otoño me dejó una cicatriz. No bailo igual este invierno.

Tampoco lo haré en primavera. Ni bailaba así hace diez otoños.

Y continúo siendo yo. Improviso, cambio el paso. No camino en círculos. Marco mi propio compás.

Y es que siempre hay música. El universo tiene ritmo. Todo baila. Y gira. Y las estrofas se repiten. O eso parece. Y nos atrevemos a aprendérnoslas. Sin que suenen igual. No volvemos a empezar. No hay bis. Se añaden voces, instrumentos, ingredientes, palabras, salsas. Hay más gente en el coro y cada vez hay más personas entre el público, que también canta. También se saben tu canción, Baobab, sin haberla memorizado.

¿Qué cambia? Todo. ¿Qué permanece? Nada. Excepto la certeza de que volverá a sonar un estribillo después del blues invernal. Y de esa penumbra tranquila y casi triste, surgirá la trompeta y los dedos volverán a chasquear sin darnos cuenta y los pies nos empujarán a la pista de baile. Nuestro latido volverá a derretir el hielo.

Que el ritmo no pare.

Que suene la música.

Si es que en algún momento alguien había pensado que dejaba de sonar alguna vez.

¿Resonamos?

One, two. One, two, tres, cuatro!

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