El tenedor curvado

El tenedor curvado

Hasta más de cien veces pudieron retirar al tenedor no válido de la sala del restaurante vegetariano donde llevaba años sirviendo y donde los clientes acudían a diario para tomar el menú, más de cien veces antes incluso, de que el jefe de cocina decidiese aislarlo del resto de los cubiertos para siempre.

De los cuatro dientes en los que acababa su cabeza asida al cuerpo largo y delgado, dos de ellos estaban curvados, era un tenedor inútil.

En el caos que le origino al viejo tenedor el viaje hasta la cocina, nunca perdió de vista a los comensales que con indiferencia lo miraban, se sentía una vez más rechazado, tampoco podía quitar la vista al jefe de cocina que lo sostenía sobre su mano peluda y huesuda y que lo miraba con melancolía. El jefe de cocina, lo soltó sobre la pila llena de platos, vasos y fuentes sucias, pero no lo soltó con desdén, al caer el acero que lo vestía y antes de tocar el agua fría y llena de cal propia de la zona, sintió el enorme vacío de un descenso que le resultaba vertiginoso e infinito.

El tenedor lejos de amedrentarse, recordó las veces que el jefe de cocina le había dicho que él no era un inválido, sino que era diferente y que era ahí donde residía ese algo especial que lo diferenciaba de los demás.

Entre los demás objetos que esperaban su turno en la pila para ser renovados y de nuevo válidos, tras pasar por el agua y el jabón, sin olvidar el secado rápido al que los sometían, pudo darse cuenta de que el jefe de cocina no lo había tirado a la basura perfectamente reciclada a conciencia, lo había depositado en la pila de lavado, sintió que volvía a tener de nuevo una posibilidad, no todo estaba perdido.

Las manos de un joven lo atraparon y con movimientos bruscos comenzó a frotar su cuerpo desnudo de cualquier resto de alimentos. El jabón neutro y ecológico le quitaba el susto que el tenedor de dientes curvados llevaba encima, era un jabón suave de olor agradable, le hidrataba el frio acero del que estaba recubierta su alma.

El tenedor liberado de la incertidumbre que había vivido momentos atrás, disfrutaba con la limpieza que le extraía las capas de dolor incrustadas desde hacía ya muchos años, sentía que podía recobrar el brillo, que su frio acero podía de nuevo calentarse entre las manos de comensales respetuosos con las diferencias.

El viejo tenedor recordó a una mujer que nunca lo había rechazado, era una cliente fija, cada día acudía al restaurante para comer a la misma hora, debía de trabajar en algún lugar cercano, seguramente en el hospital de la seguridad social próximo al restaurante.

Ella le había pillado el gusto a comer entre las curvas y las rectas de sus dientes, lo manejaba con maestría, incluso podía entrever siempre y cuando no estuviese demasiado cargado de comida, como la mujer esbozada una sonrisa al acercárselo a su boca.

Fuera en la sala, un camarero conversaba con alguien, el viejo tenedor reconoció la voz de la mujer que nunca lo había rechazado, y se esforzó para caer en la bandeja de los cubiertos secos, su fantasía de ser un tenedor valido y servible le dio el impulso necesario para camuflarse entre los nuevos y rectos dientes de los demás tenedores, sintió la fuerza de su acero y recordó como fluía en el molde el día que lo crearon, sensaciones de frio y calor, de acomodarse y expandirse, limados tras limados, hasta llegar al resultado final, un tenedor fuerte, de gran calidad, arropado por una firma de confianza.

Él no era un tenedor no válido, él era un tenedor con clase y proveniente de una gran estirpe de cubiertos, no iba a dejar que comensales que actuaban como jueces sin juicio pudiesen estropearle el día y no iba a permitir caer en el olvido o en el fondo de una basura por muy reciclada que estuviese.

Una camarera cogió la bandeja entre sus manos y se dispuso a colocar sobre una de las mesas, el mantel de papel reciclado, con la servilleta al tono y los cubiertos. De nuevo se encontraba a la izquierda del plato, con su cuerpo brillante, con sus dos dientes curvados que lo hacían más especial que a los demás, dispuesto a cargarse con la comida y a discurrir hasta el interior de la boca de la mujer que tan bien lo había tratado, a sentir la suavidad de sus labios y la fragancia del carmín rosado que todavía le quedaba.

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